A pedido del público vengo a escribir después de un tiempo de abandono. Repasando hechos a desarrollar noté que empecé la facultad y nunca les conté, así que vamos por eso.
Dolor de cabeza, acidez, inapetencia, mal humor, insomnio... No, no era síndrome pre-menstrual, era síndrome pre-CBC. Después de dormir cinco horas como mucho (suenan suficientes, pero soy de dormir el doble como mínimo) me levanté notando que mi única referencia sobre como llegar me la había dado un pseudo-desconocido en Twitter. #Desesperación.
Sin dormir, con un té de Hierbas Naturales, una pastilla de tilo y un bolso fucsia en el que cargaba con un cuadernillo que reza una frase del Che Guevara me tomé el colectivo y luego el Sarmiento. Ahora tocaba el momento de la verdad, el subte. Hice la fila para comprar mis viajes y, después de esperar a un anciano que pretendía cargar 50 pesos en su tarjeta Monedero, llegó mi turno. Con mis cartoncitos grises en el bolsillo empecé a seguir carteles hasta llegar al andén. En eso me sentí observada por una señora y, como un acto reflejo, me quité los auriculares. "¿Vas a Puán?" me dijo, y no pude esconder la alegría que me causó tener cara de facultad de Filosofía y Letras. Viajamos juntas con la Socióloga que me dejó en la puerta del aula salvándome así de mi propia incapacidad de orientación.
Veía dúos charlando, gente con cara de confusión, hippies (muchos) y algunos que entendían lo que estaba pasando. Me senté a una distancia propicia del pizarrón (Leasé como distancia de primer día, lejos por si hay preguntas y cerca por si no veo) detrás de un chico que me preguntó si era la clase de Filosofía. Asentí y crucé un par de palabras con él hasta que llegó el profesor. Gracias a la vida no hubo preguntas, sólo la peligrosa indicación de sacar fotocopias. No tienen idea de la cantidad de fotocopiadoras que hay en y alrededor de la facultad, de no ser por el chico del asiento frente a mí no hubiese logrado encontrar la correcta en menos de una hora.
Con apuntes en mano emprendí el regreso, ya sintiéndome una experta en el recorrido (hasta que me perdí bajo tierra en Plaza Miserere y todavía no entiendo como salí de ahí) llegué al único lugar al que quería entrar después de viajar con tanta gente oliendo a yogur cortado: mi baño.
Más o menos así fue el primer día del resto de mi vida. Más o menos así pasaré los próximos cinco años (claro, porque haré la carrera en tiempo y forma, diganmé que sí) de mi existencia terrenal. Y sí, me gusta esta vida.